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De Persia a Bali: lecciones ancestrales para el desarrollo sostenible

Mucho antes de los informes climáticos, las civilizaciones antiguas ya gestionaban los recursos y el territorio respetando límites ecológicos, cooperación comunitaria y visión a largo plazo.

Vista aérea desierto con pozos qanat

 

Civilizaciones como la persa, la marroquí o la balinesa desarrollaron hace más de 2.000 años sistemas de gestión del agua que todavía hoy abastecen cultivos y comunidades enteras. Infraestructuras diseñadas para durar generaciones, ajustadas a los límites ecológicos y basadas en la gestión colectiva de los recursos. El desarrollo sostenible ya existía en comunidades capaces de administrar recursos escasos con gran precisión. Durante siglos, distintas culturas entendieron que el agua, el suelo o los bosques no eran infinitos, y que su supervivencia dependía de respetar los ritmos de regeneración del entorno. Actualmente, investigar el pasado puede ofrecernos modelos ancestrales que inspiran estrategias de desarrollo sostenible en todo el mundo. Según Javier Taks,  director de la Cátedra UNESCO de Agua y Cultura de Uruguay: «Debido a los errores y limitaciones de las ciencias modernas para resolver los retos medioambientales contemporáneos, los científicos y académicos empezaron a prestar más atención a las técnicas, tecnologías y conocimientos ancestrales, con la esperanza y el optimismo de que podrían dar respuesta a dichos retos». A veces, mirar atrás es necesario para tomar impulso hacia el futuro.

Los qanat y la naturaleza

En un contexto en el que, según la UNESCO y su Informe Mundial sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos de la Organización de las Naciones Unidas, alrededor del 70% del agua dulce extraída en el mundo se destina a la agricultura, repensar sistemas que aprovechan cada gota de agua es algo clave. En el árido altiplano iraní, donde las lluvias son escasas y las temperaturas pueden ser extremas, las comunidades persas desarrollaron una solución tan simple como sofisticada: el qanat, o «conducto» en árabe. Se trata de una galería excavada con una ligera pendiente que conecta un acuífero situado en zonas montañosas con áreas agrícolas o núcleos urbanos situados a menor altitud. A lo largo del trazado se abren pozos verticales, visibles desde la superficie como una sucesión de círculos alineados, que sirven para ventilar, extraer tierra durante la construcción y permitir el mantenimiento. Este sistema tradicional de gestión del agua sigue funcionando en la actualidad y garantiza un reparto sostenible del recurso en numerosas comunidades. En 2016, la UNESCO declaró once qanats Patrimonio Mundial, reconociendo su valor tecnológico y el entramado social que los hizo posibles. Actualmente, ingenieros y urbanistas siguen estudiando estos sistemas como ejemplo histórico de lo que hoy llamaríamos soluciones basadas en la naturaleza, pues eran sistemas diseñados en armonía con el territorio y gestionados de forma colectiva, aprovechaban los recursos disponibles evitando cualquier desperdicio innecesario y reducían el consumo energético al mínimo, características que se buscan en la actualidad.

Las khettaras y las normas

Las khettaras marroquíes funcionan bajo el mismo principio hidráulico que los qanats. Excavadas a lo largo de kilómetros en zonas desérticas, permitieron el florecimiento de oasis agrícolas y comunidades enteras. Pero su verdadera fortaleza era que la construcción y el mantenimiento exigían cooperación y normas colectivas. Desde el punto de vista ambiental, las khettaras son uno de los sistemas de captación más sostenibles que existen, pues permiten que el agua fluya por gravedad y limita la extracción al ritmo natural de recarga del acuífero. La propia estructura impone un límite físico al caudal, funcionando como una especie de regulador natural. Estas infraestructuras están siendo redescubiertas y revalorizadas en distintos lugares del mundo como ejemplo de gestión adaptada al territorio. No es casualidad que sistemas similares hayan existido también en la península ibérica, como los llamados «viajes de agua de Madrid», creados en el siglo IX tras la fundación de Mayrit. En un contexto de escasez hídrica, recuperar esa memoria técnica permite ampliar el abanico de soluciones disponibles, para complementar la estructura actual con modelos eficientes, adaptados y duraderos.

El subak y la cooperación

terrazas de arrozales de BaliEn la isla indonesia de Bali, el sistema subak regula desde hace más de mil años el riego de los arrozales en terrazas. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, cuenta con una superficie de más de 19.500 hectáreas y comprende cinco terrazas de cultivo del arroz con sus correspondientes templos de agua. El subak es, además de una infraestructura hidráulica, una red cooperativa que se enmarca en la filosofía balinesa Tri Hita Karana, que promueve la armonía entre las personas, la naturaleza y la dimensión espiritual. En términos prácticos, esto se traduce en normas claras de cooperación y en una gestión compartida de los recursos hídricos. El agua se distribuye de manera equitativa entre agricultores, mediante reuniones periódicas y procesos de toma de decisiones compartidos, con calendarios coordinados que permiten controlar plagas y optimizar la producción sin agotar el suelo. Gracias a esta estructura organizativa, Bali ha logrado históricamente altos niveles de productividad arrocera en un territorio montañoso y densamente poblado. La clave no reside únicamente en la ingeniería de los canales, sino en la coordinación social que garantiza que el sistema funcione a largo plazo.

Cinco lecciones ancestrales convertidas en consejos prácticos

  1. Diseñar a favor de la naturaleza: Antes de construir, es importante analizar el clima, la topografía y los ciclos naturales. Sistemas como los qanat o el subak demuestran que aprovechar la gravedad, la pendiente o la estacionalidad reduce costes energéticos y aumenta la resiliencia.
  2. Tratar los recursos como bienes compartidos: El agua, el suelo o los bosques no funcionan bien cuando se gestionan de forma aislada. Establecer normas claras, mecanismos de cooperación y transparencia en el reparto evita la sobreexplotación y refuerza la corresponsabilidad.
  3. Planificar siempre a largo plazo: Incorporar objetivos a largo plazo permite evitar soluciones rápidas que comprometen el futuro.
  4. Vincular conocimiento técnico y cultura local: Integrar saberes tradicionales, valores comunitarios y educación ambiental fortalece la aceptación social de las medidas y mejora su eficacia.
  5. Aceptar los límites del entorno: Todo ecosistema tiene una capacidad de regeneración determinada. Ajustar la extracción y el consumo a esos límites, en lugar de forzarlos con tecnología intensiva, es una condición básica para mantener la estabilidad económica y social.

 

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