De Cernunnos a Thor, los dioses de la naturaleza marcaron el pulso de la vida antigua. Hoy nos inspiran a reconciliarnos con el entorno.
Cuando los pueblos antiguos rendían culto a los bosques o temían romper el equilibrio natural era porque tenían un vínculo mucho más estrecho e íntimo con la tierra. Estaban supeditados a los cambios meteorológicos y su subsistencia dependía únicamente de sus cosechas, del mar y de los animales.
Ahora nos creemos ajenos a la naturaleza, aunque ella nos demuestra una y otra vez que nos equivocamos. En esta edición de la serie “Dioses, mitos y ecología” repasamos cómo distintas culturas del antiguo continente entendían a los dioses de la naturaleza, desde los celtas hasta los pueblos nórdicos y eslavos.
Después del repaso a África y a América, en este artículo exploramos a los dioses de Europa.
En este post podrás leer:
Los dioses de la naturaleza en la mitología celta
Los celtas eran un conjunto de tribus y comunidades distintas que compartían ciertas características culturales y creencias espirituales caracterizadas por una conexión íntima con el entorno. Tenían una visión animista del mundo, como muchas otras culturas, por lo que consideraban que todos los elementos que lo formaban tenían vida propia y compartían su energía.
Entre estas comunidades destacaba la sacralidad de los bosques y de ciertos árboles. Destacando el roble, como símbolo de fortaleza, conexión con los ciclos naturales y puerta de entrada a los lugares donde habitan las deidades.
Además, la cultura celta está repleta de dioses, cada uno de ellos asociado a elementos o paisajes específicos, tales como Cernunnos, dios con cuernos asociado a la naturaleza y los animales, o Brigid, diosa del fuego y la fertilidad, vinculada a la curación, la poesía y el hogar.
Entre los dioses de la naturaleza del imaginario colectivo celta destaca la figura del druída, una mezcla entre sacerdote, mago y curandero que servía de conexión entre los dioses y los hombres. Como curiosidad, las mujeres druidas también eran consideradas iguales a los hombres en muchos aspectos, algo inusual para una comunidad antigua.
En cuanto a sus ritos, los celtas celebraban el Año Nuevo en Samhain, la noche del viernes 31 de octubre al 1 de noviembre, lo que conocemos como todos los santos o Halloween. Este momento se correspondía con la última cosecha del año y estaba lleno de misticismo y espiritualidad. Tanto es así que los celtas creían que las barreras entre el mundo de los vivos y los muertos se difuminaban esa noche.
Los dioses de la naturaleza en la mitología nórdica
Podemos acercarnos a la forma en la que los pueblos nórdicos entendían la naturaleza prestando atención a su mitología, que se centra en la interpretación de la geografía y el clima, atribuyendo fenómenos naturales a las acciones de los dioses. Por ejemplo, el martillo de Thor se asocia con los truenos y los fiordos se ven como la morada de criaturas míticas como los trolls.
A la vez, muchas de los dioses de la naturaleza personifican objetos, tiempo o cuerpos de agua. El sol, la luna, la tierra, la noche y el día eran considerados dioses pero también son célebres las figuras de los Vanir, dioses asociados a la fertilidad y las cosechas.
El Yggdrasil es el centro de la cosmovisión nórdica, encarnado en un fresno perenne o árbol de la vida que constituye el eje del universo, conecta los Nueve Reinos a través de sus ramas y raíces, y equilibra los distintos aspectos del universo.
Los dioses de la naturaleza de la mitología eslava
En las culturas eslavas, el oso era conocido como el maestro del bosque. Su figura imponente y su conexión con lo sagrado lo convirtieron en un símbolo de poder y misterio. De hecho, estaba prohibido pronunciar su verdadero nombre: se creía que nombrarlo directamente podía atraer fuerzas del otro mundo.
Esta visión del mundo, profundamente simbólica, también se manifestaba en el paisaje vegetal. Dos árboles reinaban en los pueblos eslavos: el roble y el abedul, emblemas de las energías masculina y femenina.
Los robles constituyen los auténticos pilares espirituales. Bajo ellos se celebraban rituales y se recitaban plegarias y oraciones. Todo en el roble es sagrado, desde su madera, sus hojas o sus raíces.
El abedul, en cambio, era el árbol de la luz y la protección. Aunque vinculado al mundo de los muertos, se le atribuía el poder de alejar el mal y atraer la felicidad. Incluso hoy, durante ciertas festividades, es posible ver ramas de abedul decorando hogares e iglesias.
Y en el corazón de estos bosques vivía el temido y venerado Svyatobor, el dios eslavo de los bosques que encarnaba la fuerza indomable de la naturaleza. Guardián del equilibrio entre la vida y la muerte, su figura recordaba que, en los antiguos bosques eslavos, todo estaba conectado: los animales, los árboles, los dioses… y el destino de quienes se atrevían a ignorarlos.
Quienes rompían ese orden, al cazar o pescar sin permiso, se enfrentaban a castigos severos: podían morir, o peor aún, transformarse en parte del bosque para siempre, convertidos en árboles o bestias sin alma. Y con similar propósito, en la mitología eslava, encontramos la figura de Leshi, que gobierna el bosque y la caza.
Hoy, en un tiempo marcado por la desconexión con el entorno y las crisis ecológicas, recuperar esas miradas ancestrales hacia los dioses de la naturaleza puede ofrecernos valiosas claves para reconciliarnos con la tierra. Y es que la naturaleza no es el lugar a donde vamos de ruta los domingos, sino un tejido del que somos parte. Cuidarla es, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos.

